Patagonia Reverde

Tuesday, April 15, 2008

BIOCOMBUSTIBLES
Por: Carlos Pérez Alvarado

Seguramente Ud. habrá visto en la TV, en revistas o en películas esas monumentales carreteras de 10 o más pistas totalmente iluminadas, enteramente señalizadas, sostenidas por robustos pilares de concreto y formando intrincadas figuras que se cruzan o abren como hojas de trébol en las que circulan cientos de miles de vehículos. En EE.UU. donde –lejos- esto es más habitual, millones de automovilistas viajan de vuelta a casa, hacia sus lugares de trabajo o en dirección a otros estados de ese extenso país. Generalmente esos viaductos se suman a las tantas imágenes (o iconos) de una sociedad –digamos- “desarrollada”, junto a los gigantescos puentes colgantes o los elevados edificios de cristal que allí abundan. De hecho, para la mayoría de las personas, EE.UU. es uno de los países más desarrollados del planeta, algo que al menos es discutible.

Aunque también ocurre en las grandes ciudades de Europa, Australia o una parte Asia perteneciente al llamado “primer mundo”, es particularmente en EE.UU. donde, por esas súper carreteras, circula casi un tercio de los vehículos que se fabrican en el mundo. Las cifras indican que allí existe casi un auto por persona, los que en gran parte contribuyen con el 25% de las emisiones de gases de efecto invernadero que se producen en la Tierra. Como si esto fuera poco, millones de esos vehículos son de doble tracción, petroleros y en más de la mitad de ellos habitualmente viaja solo con una persona a bordo. Un despilfarro a todas luces, el que sólo puede ser cometido en la nación más poderosa del orbe.

El año pasado se comenzó a hablar con inusitada fuerza acerca de los biocombustibles, especialmente después de que Brasil llegara a un acuerdo con EE.UU. para proveer de esta forma de energía al país del norte, medida que –incluso- fue catalogada como un aporte a la lucha en contra del calentamiento global y W. Bush llegó a presumir de su cuestionable forma de proteger el medio ambiente. Ello porque reemplazar el petróleo de esos vehículos con biocombustibles significa en buenas cuentas que es necesario plantar cientos de miles de hectáreas de cultivos como el trigo, el maíz o la soja, que mediante un proceso de fermentación se transforma en etanol (el biodiesel, en cambio, se obtiene de aceites vegetales y del reciclaje de aceites comestibles). Parece no importar que los cultivos usados para producir biocombustibles sean alimentos que, en lugar de ser consumidos por personas sirvan para llenar los estanques de un número cada vez mayor automóviles y no enfrentamos el problema desde otro punto de vista; por ejemplo restringiendo la venta de los vehículos 4x4 o incentivando el uso del transporte colectivo.

Incluso en Chile, nuestros parlamentarios tramitan en el Congreso algunas iniciativas tendientes a fomentar el “negocio” de los biocombustibles, paradojalmente como una oportunidad de desarrollo, o sea una forma de igualarnos a ese EE.UU. de enormes autopistas por las que circulen millones de chilenos en sus propios autos petroleros, de doble tracción y sin más pasajeros que el propio conductor. Algo que estamos viendo cada día con mayor fuerza aquí mismo en Aysén, después de la norma que permitió la compra de vehículos usados a través de la extensión de la zona franca y que provoca además otros problemas como la congestión en calles no preparadas para este fenómeno.

En esta lógica desarrollista una transición a los biocombustibles basada en el fundamentalismo del mercado, es decir en la economía neoliberal reinante, está condenada a repetir la experiencia de la energía derivada de los combustibles fósiles, caracterizada por un desigual acceso a ella por parte de los países más pobres, a los precios distorsionados por los carteles que controlan su producción y a los impactos ambientales que están involucrados. Debido a que EE.UU., Europa o Japón no están en condiciones de producir la cantidad suficiente de biocombustibles, sus gobiernos los buscan en países subdesarrollados como Brasil o el nuestro, donde hay abundante tierra, mano de obra barata, relajadas normas ambientales y sobre todo pobreza.

Mientras no prevalezca el sentido común, sólo en un modelo como éste, se permiten estos absurdos con los que tratan de convencernos que nos dirigimos hacia a un tipo de desarrollo que, está visto; es injusto, peligroso e inviable.

Radio Santa María, 04.04.08

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