¡JAMÁS!
Por: Carlos Pérez Alvarado
La gente de Santiago cree todo Chile gira a su alrededor. Cada noche los noticiarios anuncian los números con restricción vehicular para el día siguiente como si a una señora de Mañihuales le interesara ese dato. Si uno desglosa la cantidad de notas en la prensa dominante y centralista, aproximadamente el 80% se relacionan con problemas de la capital; un asalto a un banco en Irarrázabal, un choque en la costanera norte, un allanamiento en La Legua, un motín de presos en Colina, los bip, los Tag, la lluvia o la nieve siempre inesperadas, el show de Plácido Domingo en La Moneda o el omnipresente y monotemático TranSantiago. El colmo de la patudez lo perpetraron (como no) algunos políticos iluminados que propusieron postergar la entrada en vigencia del horario de invierno para resolver así uno más de los problemas del TranSantiago. Esto quiere decir que si los que viven en el 2% del territorio nacional, y donde realmente radica el poder, no quieren cambiar la hora, a los que pueblan el otro 98% no les queda más que aceptar la medida.
Con Santiago (“Santiasco” para muchas personas) pasa lo mismo que, a otra escala, ocurre con los estadounidenses. Ellos también se creen el centro del mundo, ellos son los que están en lo correcto y el resto del planeta sólo está a su servicio; en ese país a nadie le interesa lo que pase en Palestina, Irak, Chiapas o la Patagonia. Ni siquiera son capaces de ubicar otro país en un mapa que no sea "su América" y Latinoamérica es considerada como un "pueblo al sur de EE.UU.". A ningún santiaguino le interesa que la pequeña población de Puerto Chacabuco se encuentre sometida desde hace dos meses a una ola de temblores, inéditos en la zona, como tampoco les importa el humo con arsénico que se respira en Calama, la lucha de los pescadores artesanales de la X región en contra de los industriales, las demandas del pueblo mapuche, las calamitosas inundaciones de la Avenida Collao en Concepción o el hollín del petcoke de la central térmica Guacolda en Huasco. Pregúntele a un capitalino dónde queda Coyhaique no más, para qué le vamos a pedir que ubique en un mapa el Lago General Carrera, como nosotros sí tenemos que enterarnos de lo que sucede -en vivo- en la esquina de La Alameda con Vicuña Mackenna.
Santiago es; ardientes calles de cemento y mucha gente corriendo con bolsas de multitiendas, deambulando en micros o automóviles donde se pasan entre 4 y 6 horas en los tacos interminables, los payasos de las esquinas, el vendedor de choco panda, los lanzas carteristas, sus modernísimos TAG (para transitar por esas calles que antes eran gratis), el altamente contaminado aire que respiran, sus "relajantes" paseos dominicales a esas catedrales del consumo (o Malls), o los gases lacrimógenos de alguna inoportuna y molesta protesta. Se dice que el ser humano es un animal de costumbre y por eso se entiende que sus habitantes han asimilado esa forma de vida como la correcta, mientras tengan -entre otras cosas- la energía para alimentar esa "santiaguinan way of life". No importa si para ello en Aysén los españoles o los grandes empresarios chilenos y amigos de los políticos que viven en Vitacura o La Dehesa, inundan 15 mil hectáreas de bosques y humedales para embalsar ríos en los que -como ninguno de la capital o el resto de Chile- pueden agarrar un vaso y beber de sus aguas, las más puras del mundo. Ni se lo imaginan. No, por nada del mundo Aysén debe ser “un pueblo al sur de Santiago”.
