Patagonia Reverde

Thursday, October 04, 2007

AÑO TRAS AÑO
Por: Carlos Pérez Alvarado

Dependiendo del mes, sin ser adivino, uno puede anticiparse a las noticias que coparán la prensa nacional, sobre todo las que generan el periodismo santiaguino tremendamente centralista, al que poco le interesan los temas o problemas del resto de las regiones de Chile y que domina en la TV, los diarios y –en menor medida- las radios. Así, enero y febrero comienzan con los reportajes en las playas de la quinta región como Cartagena hasta donde llega la gente de menos recursos, o Reñaca, La Serena o Pucón, hasta donde se desplazan de vacaciones los capitalinos de clase media, o a los destinos internacionales como Argentina, Brasil o las playas de Centroamérica quienes pueden pagar mucho más o endeudarse por algunos años. Allá viajan las cámaras y grabadoras para mostrarle al resto de chilenos cómo o dónde pasar el asueto veraniego. Es la época en que menos escuchamos hablar de política y sus dirigentes aparecen en muy contados casos, lo que sí es un real descanso para todos.

En marzo la entrada a clases, el precio de los uniformes y útiles escolares, el mechoneo o las altísimas matrículas en las universidades y los primeros problemas de tráfico, agravados ahora con el desastroso plan TranSantiago que ha tenido un enorme impacto en millones de personas principalmente trabajadores que viven hasta 4 horas hacinados en esas micros dobles que apenas pueden doblar las esquinas de las calles, colman la agenda informativa mientras los políticos han reiniciado su eterna carrera presidencial y sus acostumbradas discusiones y disputas. En abril comienzan las lluvias y las primeras inundaciones en las poblaciones de la capital y desde mayo a agosto el invierno trae más precipitaciones (incluso nieve) agravando los problemas del tránsito y la contaminación del aire que respiran sus habitantes.

Y llegamos a septiembre, tal vez el mes más importante para Chile que comienza con las típicas manifestaciones relacionadas con el día 11 que recuerda el golpe militar de 1973 aunque, luego de 34 años y sin que se analice el fenómeno en profundidad, los que salen a la calle mayoritariamente ni siquiera habían nacido en esa fecha. Todo pasa al olvido con la llegada del “18” cuando chilenas y chilenos dejan de lado sus diferencias para celebrar un nuevo aniversario patrio, bailando cumbias o reggaeton y una que otra cueca entre asados, choripanes y vino tinto. La fiesta termina con la siempre brillante y aburrida Parada Militar en la que la primera autoridad nacional toma chicha en cacho y se exhiben nuevas adquisiciones armamentistas (como esos carísimos aviones F-16), y un balance record de muertos en accidentes. No tiene ningún mérito predecir que durante las próximas semanas se comenzará a exacerbar el espíritu familiar y consumista de la navidad y los acostumbrados resúmenes anuales que incluyen las metas conseguidas o frustradas de toda índole, para que todo vuelva a recomenzar.

Pero, aparte de las discusiones habituales y poco productivas entre los políticos pre-democráticos y repetidos de siempre, las denuncias de corrupción, nepotismo y demagogia, el tema que igualmente atraviesa la agenda informativa durante todo el año, y desde hace demasiado tiempo, es la aparentemente incontrolable delincuencia, que de un tiempo a esta parte ha comenzado a incluir personas que, ya no sólo en septiembre, salen a encender barricadas en las poblaciones de Santiago (y en algunos otros lugares de nuestro país) y a disparar armas de fuego que -oh, sorpresa- nadie había pedido controlar o requisar con anterioridad, y que terminaron con la vida de un funcionario de Carabineros que intentaba –según se nos informa- repeler las acciones de estos peligrosos delincuentes, narcotraficantes o “terroristas” que sólo pretenden desestabilizar la marcha de nuestro país hacia el desarrollo, la modernidad y la bendita globalización.

Considerando sólo el periodo de vuelta de la democracia, de enero a diciembre, año tras año, entre tanta noticia previsible cuesta mucho encontrar voces que asocien estos niveles de inseguridad ciudadana (inventados o reales) a los efectos que tiene una de las peores cifras de desigualdad en la distribución de la riqueza del mundo y que es consecuencia de este modelo de desarrollo que tanto el poder político como los medios de comunicación nos están vendiendo como único e irrenunciable.

Así, cuando se proponen 14 nuevas medidas para enfrentar el fenómeno, que no consideran planes sociales de rehabilitación, de integración o de participación ciudadana que apunten derechamente a mejorar ese vergonzoso indicador sino más bien a nuevos y más programas de represión, es posible que los próximos años dejen de ser tan predecibles como los anteriores.

Radio Santa María, 27.09.07

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