SABER PERDER PARA GANAR
Por: Carlos Pérez Alvarado
El partido por una de las semifinales del campeonato mundial de fútbol Sub-20 que disputaron Chile y Argentina llenará páginas y páginas de diarios, revistas o internet, se seguirán haciendo sesudos comentarios en las radios y se le dedicarán numerosos programas de televisión, por años. Esto no sólo por lo ocurrido dentro del campo de juego, sino por los bochornosos incidentes que se produjeron después de terminado el encuentro. Otra vez, situaciones muy poco claras se convirtieron en una noticia internacional que, incluso, pudo tener implicancias diplomáticas tal como hace años lo fue el vergonzoso “maracanazo” protagonizado por el “cóndor” Rojas, o la lluvia de sillazos en la Copa Davis de tenis jugada justamente contra Argentina, en Santiago.
Un estudio sociológico o psicológico quizás diga otra cosa pero tengo la impresión de que el comportamiento de los seleccionados puede ser el resultado del eterno e insuperable defecto de no saber perder, lo que puede verse reflejado en varios otros ámbitos de nuestra sociedad, muchas veces estimulado o con la complicidad de los medios de comunicación.
Hace ya demasiado tiempo que, cuando se transmiten estos lances deportivos, aflora un patriotismo exacerbado que deja de lado el análisis serio y objetivo de la real situación dentro de la cancha. Algunos relatores de la TV, como Pedro Carcuro o Fernando Solabarrieta en este caso, y que son referentes indiscutidos como comunicadores sociales en nuestro país, llegan al extremo de usar frases como “lo entiendo, pero no lo justifico” al describir una evidente falta cometida por un chileno, como revancha por las supuestas “injusticias” cometidas en contra del equipo nacional.
Estos profesionales del micrófono generalmente parecen tan involucrados en el juego que queda la impresión de que desearían estar -ellos mismos- en la cancha solidarizando con los jugadores, para insultar o pegarle un empujón al juez, queriendo arrastrar con ellos a toda la gente que está viendo el partido desde sus hogares. En resumen, son incapaces de sacarse la camiseta al momento de juzgar o comentar una jugada y siempre están insistiendo que los arbitrajes nos perjudican o que –derechamente- la FIFA se confabula para que nuestra selección no pueda alcanzar algún triunfo significativo.
Tenemos que reconocer que a los 10 minutos la selección chilena parecía “hiper” ventilada, especialmente en el caso del pintarrajeado y mediático Arturo Vidal, que repartía patadas que eran (es cierto) exageradas por los contrarios, pero que merecieron varias veces su expulsión. Ese hecho nunca fue mencionado por los comentaristas chilenos y en el césped del estadio los jugadores de la roja se “picaban” más y más mientras crecía la impotencia por emparejar el marcador con la forzosa inferioridad numérica.
Es cierto, nunca una selección chilena de fútbol ha disputado una final mundial, en cambio ellos han sido 6 veces campeones de este certamen, pero allá la celebración fue bastante más sobria; no hubo saludos en directo del Presidente Kirchner al entrenador mientras aún los jugadores se encontraban en los camarines, tampoco los recibió en la Casa Rosada para fotografiarse con ellos y sacar ventajas electoralistas, no hubo despachos en directo entre los jóvenes y sus pololas o sus parientes y hubo consenso y reconocimiento entre los propios especialistas trasandinos que un equipo con tan excelentes jugadores como los chilenos, con un planteamiento táctico ordenado, efectivo y desconocido en otras selecciones de fútbol, nunca había estado más cerca de ganarle un partido a Argentina.
Creo que el paso a instancias mayores en estas competencias seguirá postergándose mientras los deportistas, los periodistas y el público en general sigan viendo el fútbol como una contienda en el que está en juego el orgullo patrio, o cualquier cosa parecida, y no como el simple deporte que es. Todos tenemos que sacar las lecciones del caso y extenderlas a otros ámbitos de nuestra vida deportiva, social, política y cultural. Para ganar en buena lid.
Radio Santa María, 26.07.07

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