4 AÑOS DESPUÉS
Por: Carlos Pérez Alvarado
Durante los días previos a la invasión de EE.UU. a Irak el debate sobre la conveniencia o no de apoyar las intenciones del gobierno de G. W. Bush en el Consejo de Seguridad (C.S.) de la ONU era candente y apasionada. Recordemos que en marzo de 2003 nuestro país ocupaba un asiento en ese organismo, como uno de los 10 países miembros no permanentes (los otros 5 son permanentes y con derecho a veto; EE.UU., Gran Bretaña, Francia, Rusia y China), lo cual significó vernos enfrentados a una intensa discusión que ya parece olvidada. La situación era tan compleja para la cúpula belicosa de Washington que ni las presiones que ejercía, especialmente sobre países generalmente obedientes de sus dictados, surtían efectos y el rechazo era universal.
Enterrado en el tiempo quedó el espionaje estadounidense descubierto en las oficinas de Chile de la ONU, y que muchos rápidamente se esforzaron en convertirlo en una anécdota. Bastante curioso resulta hoy revisar el discurso de la entonces Canciller Soledad Alvear el día 7 de marzo en una crucial reunión del C.S., que en su parte final expresaba “El régimen iraquí, que ha expuesto a su pueblo a duros padecimientos, tienen la responsabilidad política y moral incuestionable de llegar a un desarme total…”. Estaba claro que nuestra diplomacia en ese entonces pensaba igual que EE.UU. respecto de esas armas, aunque los inspectores de ONU no las encontraban por ninguna parte. Finalmente, una propuesta que daba un nuevo ultimátum a Husein (antes de legitimar el uso de la fuerza) fue presentada por la delegación chilena, una corrida en solitario que ni siquiera deben haber leído en la Casa Blanca y descartada por un funcionario de tercer nivel por la TV.
Por aquella época también se discutía la casi segura firma de un Tratado de Libre Comercio con esa potencia militar y económica y muchos políticos le recomendaban al Presidente Lagos votar de una u otra manera, ofreciendo los consejos de siempre; como “votar pensando en lo mejor para Chile”. Sobre todo la derecha (y algunos concertacionistas) pensaban que hacerlo en contra de EE.UU. afectaría fuertemente nuestras relaciones con ese país y ponía en grave riesgo la firma del TLC, priorizando así nuestros vínculos comerciales por sobre las razones éticas o morales involucradas al negociar con una administración que utiliza la violencia para conseguir lo quiere (petróleo, en este caso). Se sabe que G. W. Bush llamó al Presidente Lagos para pedirle su apoyo pero éste le respondió que si se llegaba a votar una resolución que avalara la invasión, Chile diría NO. Y aunque en realidad nunca hubo un texto sometido a la consideración del C.S., como mucha gente cree, la actitud de Lagos fue valiente y digna (se dice que el Presidente mexicano Vicente Fox ni siquiera le contestó el teléfono).
Desobedeciendo a todos, EE.UU. invadió un país que ya se encontraba sometido a inhumanas sanciones de la ONU (promovidas igualmente por EE.UU.) y donde ya habían muerto más de medio millón de niños producto del hambre y las enfermedades que causó (y sigue causando) la radioactividad de las bombas con uranio empobrecido arrojadas sobre Irak durante la primera “guerra del golfo” en 1991. Cuatro años después la agresión se torna incontenible para Bush y ya no quedan dudas de que su ejército ha sido otra vez derrotado, dejando detrás una verdadera tragedia, con dos millones de iraquíes desplazados y cientos de miles de muertos, muchos de ellos niños, mujeres y ancianos inocentes. Si el mundo fuera realmente justo, algún día sus responsables deberían ser juzgados por estos crímenes contra la humanidad. Imaginemos la vergüenza que hubiera significado para Chile haber apoyado en su oportunidad este genocidio, impune hasta el momento.

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