Patagonia Reverde

Tuesday, August 01, 2006

EL FRÍO
Por: Carlos Pérez Alvarado

Cada año en estas fechas ayseninas y ayseninos tenemos que soportar temperaturas que en otras partes de Chile ni siquiera se imaginan, o bien les resultan incomprensibles porque jamás las van a vivir personalmente. Cómo no va a resultar chistoso ver en la TV las fatalidades que se reportan cuando el termómetro ronda apenas los cero grados en la capital del país. Las notas sobre los indigentes que duermen a la intemperie en las gélidas calles de Santiago (las únicas que parecen existir para la prensa centralista), se muestran dramáticas. Y lo son, sin embargo el más fiero rigor del invierno lo vivimos acá, en esta región. Ni siquiera en Magallanes, donde el problema lo resolvió el gas que ellos mismos extraen del estrecho, y uno puede estar cómodo en su casa, con estufas en todas las piezas, a una temperatura constante que se repite en cada hogar u oficina de Punta Arenas o Natales, por un costo que no supera los 40 mil pesos mensuales en pleno invierno.

En cambio en Aysén muchas actividades se paralizan, hay gente que no puede ir a trabajar porque escasea la locomoción, porque hay que luchar para que no se congelen las cañerías, o si no ubicar a un gásfiter que nos dé una horita entremedio de tanta pega que tiene. Hay que abrigar muy bien a los niños, que a pesar de todo no pueden faltar a clases, salir a esperar una micro y llegar a una sala apenas tibia. Caminar con cuidado por las calles para no resbalar e ir a parar al hospital con una pierna rota. Manejar con mucha precaución el vehículo que puede patinar en la escarcha y volcarse o chocar. Los hospitales se llenan, los bomberos reparten agua líquida y las señoras llegan a la casa con los baldes con una capa de escarcha que se formó en corto trayecto. En los campos se mueren los animales y ronda el aislamiento. He visto llorar a personas por un frío invernal que no conocían en el norte, desde donde llegaron. También he visto gente que, sin recursos para calefaccionarse, se pasa el día entero en la cama.

Los antiguos cuentan que para el terremoto de Valdivia y Concepción, en mayo de 1960, la opinión pública volcó toda su atención hacia el centro sur de Chile, víctima de uno de los mayores cataclismos que se produjeron en Chile (y el mundo) el siglo pasado. Mientras eso ocurría, en el olvidado Aysén se registraban las temperaturas más bajas de las que tengan memoria quienes las vivieron, donde el frío extremo, con más de 30 grados bajo cero, se hizo sentir no sólo por unos días sino que durante varias semanas trayendo enormes perjuicios a la ganadería y otras actividades económicas, además del infierno glacial que debieron soportar sus habitantes. A pesar del desastre local, el que después se conoció como “terremoto blanco”, la comunidad igualmente participó entusiasta de las campañas para enviar ayuda material al norte, aún más afectado por la naturaleza. Y así como un nuevo sismo de fuerte intensidad es esperado desde Arica a Chiloé, no sería raro que en los próximos años volvamos a sufrir algo parecido a lo del ´60. Aunque se habla de inviernos crudos el 65, el 82 y otros (los historiadores deben saberlo), personalmente no olvido el frío de 1995 y 2002.

A pesar de los años y a pesar de estas conocidas historias, lo que todavía me cuesta entender es porqué El Frío sigue estando fuera de la agenda de quienes toman las dediciones en nuestra región. El frío tiene un costo no sólo para el presupuesto familiar (y transversal, de ricos a pobres), además significa pérdidas económicas para la región y el país. El frío descompone el humor y probablemente influye en la delincuencia y los suicidios. Resolver el problema del frío es –para mí- anterior a resolver el tema de la conectividad terrestre con Puerto Montt, por la que tanto discuten algunos. No es posible que ni siquiera se plantee, como una estrategia de desarrollo regional, una solución a este problema. No creo que el frío congele también las neuronas, por tanto tiempo.

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