Patagonia Reverde

Tuesday, August 29, 2006

TRANSBORDADORES
Por: Carlos Pérez Alvarado

A principios de los años 70 se implementó un sistema de transporte que operó durante casi tres décadas con excelentes resultados, sobre todo desde el punto de vista social ya que resolvía en gran medida el problema de conectividad entre Chiloé Continental y la región de Aysén, debido a la falta de caminos. Con este sistema el Estado podía abastecer este alejado territorio sin necesidad de usar las carreteras argentinas, trasladando por los canales australes desde Puerto Montt hasta Puerto Chacabuco, camiones de pesado tonelaje con víveres y maquinarias, además de vehículos menores con turistas. Destacable es la importancia que tuvieron estos transbordadores en la construcción del Camino Longitudinal Austral. Transmarchilay, una empresa filial de la Corfo (Corporación de Fomento) cumplió esta labor abriendo muchas rutas navieras en esta zona del país entre las que se cuentan; Pichanco-Leptepú, Fiordo Largo-Caleta Gonzalo, caleta La Arena-Puelche, además de una en el lago General Carrera con su barcaza “El Pilchero” cubriendo el trayecto entre Puerto Ibáñez y Chile Chico. Muchos recordarán viajes o los nombres de las barcazas “El Colono” o “La Pincoya”, construidos en los astilleros de Asenav en Valdivia, destinadas a conectar a Chiloé con el continente y con Aysén en los itinerarios de Quellón-Puerto Chacabuco y Dalcahue-Chaitén.

Estas naves transformaron Puerto Chacabuco, tanto así que a fines de los años 80 el negocio parecía ser tan bueno que otras empresas ingresaron a la competencia (como Naviera Magallanes), en un momento en que el movimiento el principal puerto de Aysén, luego de años de decadencia –por fin- despegaba y florecían los contenedores para la exportación. Cuando comenzaron a construirse nuevos caminos, pistas de aterrizaje y carreteras en Chiloé, y se empieza a preferir más el trasporte aéreo, tanto de carga como de pasajeros, los transbordadores inician su último viaje hacia el ocaso. Es casi seguro que la ruta en el Lago Gral. Carrera nunca haya sido el mejor negocio de Transmarchilay (incluso lo más probable es que fuera a pérdidas), pero la gente que usaba ese servicio, más afectada que el resto, debió aceptar la decisión del Gobierno de la época para que Transmarchilay se privatizara. Eso fue el año 1999, es decir en plena democracia.

Sabido es que durante el régimen de Pinochet la privatización fue legal, como también lo fueron las ventas sin licitación de la mayoría de las empresas del Estado, muchas veces compradas por los mismos funcionarios que, sin preguntarle a nadie, arbitrariamente redactaron las condiciones. Sin embargo durante los gobiernos de la Concertación, en lugar de parar y de investigar algunos luctuosos casos, el proceso continuó y son contadas con los dedos de una mano las empresas que todavía se resisten a las políticas neoliberales que dictan los organismos financieros internacionales de los cuales nuestro país es un alumno aventajado. Instituciones como el Banco Mundial, que ha condicionado créditos a los países pobres a cambio de que sus gobiernos privaticen el agua, dificultan o impiden que los respectivos Estados se hagan cargo de actividades que le sean deficitarias o no rentables; como el transporte de pasajeros en el Lago Gral. Carrera. Privatizar Transmarchilay ha significado que el negocio sea tan poco atractivo que éste ha pasado de mano en mano, con una barcaza anticuada que a este ritmo jamás va a ser reemplazada por una de este siglo y al que (igualmente) deben inyectárseles recursos estatales a través de subsidios. Mientras tanto la población usuaria se mantiene en las mismas condiciones que hace casi 40 años.

El caso de los transbordadores es sólo un ejemplo entre muchos similares de cómo funciona el neoliberalismo. Ninguna sociedad realmente democrática y moderna debiera permitir que las empresas o los recursos que pertenecen a todos los chilenos y chilenas continúen enajenándose sin acuerdo de la sociedad civil, con la aprobación del Parlamento y con organismos fiscalizadores del proceso independientes.

Tuesday, August 22, 2006

ENCUESTAS
Por: Carlos Pérez Alvarado

Durante el proceso de evaluación del Estudio de Impacto Ambiental del proyecto Alumysa, entre 2001 y 2003, muchas personas que apoyaban la idea solían decir que el “90 ó 95% de la población de Puerto Aysén quería que se aprobara su construcción”. Es probable que quienes defienden la iniciativa de llenar la región de represas ahora solamente digan que “la mayoría de la gente” desea que se hagan. Obviamente, ambas afirmaciones son falaces si no están respaldadas por una fuente que haya realizado el estudio de opinión respectivo, que constituya una aproximación, con un margen de error incluido, acerca de la opinión de la ciudadanía sobre éste u otros temas. Hasta donde yo sé, también en ambos casos nunca se ha efectuado una encuesta que haya medido el respaldo de la gente de Aysén a Noranda-Alumysa o a las represas, al menos públicamente. Estas cifras, que se entregan muchas veces al voleo y como un argumento incontrarrestable, más bien tienen que ver con la percepción personal del asunto, la que indudablemente está influenciada por su propia e interesada opinión.

Las peores encuestas deben ser ésas; las que no se realizan, las que se inventan para justificar argumentos. Sin embargo actualmente las encuestas o sondeos de opinión se han masificado y transformado en elementos importantísimos y demasiado influyentes, desde las políticas de gobierno hasta los programas de TV. Entre las principales de nuestro país se cuentan las que efectúan el Centro de Estudios Públicos (CEP), Géminis, Adimark, el Centro de estudios de la Realidad Contemporánea (CERC), la Consultora Mori, muchas de ellas ligadas a los partidos políticos (principalmente de derecha) o de otras transnacionales del mismo giro. Se sabe que el mismo Gobierno encarga estos sondeos para tener una referencia sobre el nivel de aprobación o rechazo a sus medidas, así como la evaluación de la población a sus funcionarios. Dicho sea de paso, los responsables siempre aclaran que la muestra fue tomada en las 20, 30 ó 50 ciudades más importantes de Chile, entre la I y la X regiones, jamás he escuchado una que incluya a la nuestra.

A pesar de que se suponen científicas, las encuestas también se prestan para que, muchas veces, sus resultados se adapten a los gustos del cliente. Por ejemplo, una de las principales críticas al Gobierno que le hace la derecha se relaciona con el supuesto fracaso en el combate contra la delincuencia y para eso le pasa por la nariz los resultados de tal o cual encuesta en la que los índices de la “percepción” en el aumento de este flagelo se incrementan de forma alarmante. Claro, es cosa de ver la prensa, casualmente también controlada por la derecha para aterrorizarse con tanto robo hormiga en los supermercados, asaltos, asesinatos de choferes y aberrantes criminales sexuales, un país prácticamente invivible. Lo correcto sería argumentar en base de los niveles de victimización efectivo, es decir, cuánto aumentan los delitos en la práctica, dato que en realidad es información objetiva y disponible en los organismos del Estado encargados de su control.

Hace pocos días se conoció el último de estos estudios, el cual mostraba una significativa baja en la aprobación del gobierno de la Presidenta Bachelet (8%). Puede ser; en muchos aspectos no ha respondido a las expectativas y también se ha mostrado irresoluta en varios episodios, pero habría que ver cómo se hizo la pregunta, quién la hizo, cuándo la hizo, inclusive para qué la hizo. La misma Mandataria ha dicho que ella “no gobierna por las encuestas”, pero sus detractores afirman que ella misma es el resultado de los sondeos de opinión que se hicieron al término del periodo de Ricardo Lagos. En suma, las encuestas, a pesar de estas particularidades, pueden ser instrumentos válidos y hasta necesarios para el funcionamiento de un país; de hecho cuán importante sería conocer la opinión de la gente de Aysén respecto de las represas, de sus autoridades regionales, de sus representantes en el Parlamento, etc. Posiblemente los resultados serían muy lejanos a mi actual percepción.

Tuesday, August 15, 2006


¿SE ACUERDA UD.?
Por: Carlos Pérez Alvarado

Se cumplieron 15 años de la última erupción del Volcán Hudson. En agosto de 1991 una amplia zona de nuestra región se vio afectada por el cataclismo, principalmente Chile Chico, sin olvidar a Puerto Ibáñez, Cerro Castillo, todo el sector del río Manso hasta el portezuelo Cofré, valles casi desahitados hacia el mar, además de algunos pueblos fronterizos de Argentina como Los Antiguos, Perito Moreno y otros. Se informó que las cenizas alcanzaron hasta Comodoro Rivadavia, a unos 500 Kms. en la costa atlántica. Fue un acontecimiento de proporciones inimaginables que muy pocos lugares de Chile han experimentado y que nuestra región pareciera haber comenzado a olvidar.

Imagínense. Luego de una primera erupción (más pequeña) que afectó mayormente hacia el norte del Hudson, trayendo cenizas hasta el Valle Simpson y Puerto Chacabuco, una segunda explosión emergió con más fuerza desde las entrañas de la Tierra; la zona que iba a recibir todo el rigor de su furia estaba supeditada solamente al viento reinante en esos precisos momentos. Las radios en Coyhaique informaban minuto a minuto, recomendando a la audiencia juntar agua “por si acaso”, mientras no se sabía hacia donde se dirigiría la pluma que se elevaba miles de metros. Coyhaique y Puerto Aysén durmieron sin novedad aquella noche ignorando que las corrientes de aire fluían inexorablemente por sobre el Lago General Carrera, comenzando a llegar a Chile Chico en las primeras horas del día siguiente. Al mediodía la ciudad del sol se oscureció y se encendieron las luces de la plaza y de las casas. Debido a los diferentes componentes y niveles de ionización del material expulsado, se producían gigantescos arcos eléctricos que comenzaron a caer como rayos sobre las torres de comunicaciones, de la radio Madipro, los teléfonos y la TV, dejando completamente incomunicados a sus habitantes. Los temblores (desconocidos en estos lados) y los truenos dibujaban un panorama similar a una zona de guerra. La gente acudía en masa al pequeño hospital, alumbrado con velas, con crisis de pánico más que comprensibles.

Pasaron muchas horas de angustia y desesperación hasta que la lluvia negra –por fin- comenzara a declinar. En medio de un paisaje marciano, como hermanos circunstancialmente separados, la gente de Chile Chico y Los Antiguos, azotados por igual, comienzan a comunicarse y apoyarse mutuamente. Mientras trataban de restablecerse los servicios hubo oportunidad para que muchas personas pudieran escapar en buses por el país vecino, algunas jurando no volver jamás. Luego la zona quedó aislada por tierra, aire y lago por varios días, razón que esgrimieron las autoridades de todo nivel para justificar su ausencia en el lugar. Parecía reinar esa conocida costumbre de bajarle el perfil a las tragedias, quedando una vez más en evidencia los altísimos niveles de descoordinación en todos los ámbitos ante situaciones de calamidad como esta.

Antes de que llegara el primer enviado de relativa importancia desde el nivel central (incluso antes que el propio Intendente Regional, Hernán Valencia), en ese entonces el Subsecretario del Interior y actual Ministro del Interior, Belisario Velasco, el otro lado de la frontera ya había sido visitado por el propio Presidente Menem, lo que aumentaba la rabia de los chilechiquenses quienes en las afueras de la Gobernación -a gritos- no aceptaron que Velasco les diera hora para atenderlos al día siguiente, obligándolo a escuchar en el gimnasio manifestaciones en favor de Argentina, desde donde objetivamente se había recibido la poca ayuda material. Días después un lugareño fue amenazado con la aplicación de la Ley de Seguridad Interior del Estado por haber insinuado izar la bandera albiceleste como muestra del su descontento ante la indiferencia y desidia en esos traumatizantes días.

El Presidente Patricio Aylwin, arribó sólo dos meses después con un plan de adelantos que, con los años, cambió bastante la cara de la ciudad; aunque persiste la duda de si estamos preparados para algo similar, transcurridos 15 años.

Tuesday, August 08, 2006

CHACAO FUNAO
Por: Carlos Pérez Alvarado

Hasta poco antes de las elecciones presidenciales, la ciudadanía de la Isla de Chiloé parecía todavía indecisa sobre la construcción del puente más largo de Chile (2,6 kilómetros) sobre el canal de Chacao. Por ese motivo las/os aspirantes a La Moneda tuvieron mucho cuidado a la hora de comprometerse con la materialización definitiva de la obra. Actualmente, sin embargo, existe casi unanimidad entre la derecha opositora más algunos sectores de la Concertación gobernante en que la suspensión del proyecto significa “matar una esperanza y, por ende, también matar muchas posibilidades de desarrollo que los habitantes de la isla se habían planteado", como afirmó Soledad Alvear, presidenta de la Democracia Cristiana. Incluso el Senador por la X Región, Gabriel Ascencio, ha renunciado a la presidencia de su bancada DC como muestra de su descontento por la medida.

En términos simples, las bases de la licitación realizada en enero de 2006 establecen que si el costo total excedía el 30% del financiamiento prometido por el Estado, el proyecto se desechaba. Finalmente fue más del 50% y hasta Sebastián Piñera, con intereses en la zona, estuvo de acuerdo con el Ministro del MOP Eduardo Bitrán. En suma, es evidente que existe un aprovechamiento político, sobre todo en la derecha, atacando a la Presidenta en todos los tonos, pero teniendo en claro que se trata de otra consecuencia más de los grandilocuentes momentos que se vivieron hacia finales del mandato de Ricardo Lagos en que, aparte del “Puente Bicentenario” anunciado con bombos y platillos como una realidad andante, pueden contarse varias otras obras que, o bien no se concretaron (como el gasoducto para Aysén), se siguen postergando (como el TranSantiago) o sencillamente se hicieron mal (como las casas “chubi” o la pavimentación de la Alameda de la capital, que tendrá que hacerse de nuevo). Es decir, la actual Mandataria hereda lo que comúnmente se denominan “cachos” dejados por el más popular de los ex Presidentes vivientes.

En medio de la polémica, creo que sería conveniente tener en consideración algunos puntos como este; El ingeniero de Puerto Montt René Fischman, realizó hace dos años una evaluación de un puente alternativo flotante estimando que costaría unos 200 millones de dólares. Este mismo profesional le anticipó al MOP que un puente colgante costaría cerca de US$ 1.020 millones, sin embargo ninguna de sus propuestas tuvo repercusión. Por otro lado, la empresa Blue Energy, le ofreció a los diseñadores del puente aprovechar la infraestructura para instalar 200 turbinas Davis de 15 MW y así aprovechar las corrientes marinas del canal del Chacao, que en conjunto podrían generar 3 mil MW, solucionando así el problema energético de Chile.

Para muchos el puente Chacao representa una necesidad imperiosa, que puede solucionar emergencias médicas, favorecer el turismo y algunas otras (pocas) razones y ventajas, casi lo mismo que escuchamos acá en Aysén respecto de otra obra monumental que se pide a gritos; un camino que una la X y la XI región, cuyo costo nadie conoce, así como cuánto tiempo demandaría su construcción. ¿Es que Punta Arenas estará condenada al subdesarrollo si es aún más difícil conectarla por tierra al resto de Chile? ¿El camino a Villa O´Higgins no se corta acaso en el Río Bravo? Si Chile Chico se pusiera a esperar por mejores transbordadores se podría llegar a olvidar de que existen embarcaciones que demorarían media hora en cruzar el Lago ¿Hay alternativas? Claro pues, y los habitantes de Chiloé no pueden negarse a considerar que con el dinero del puente se podrían construir hospitales de lujo, mejores caminos interiores o mejoras en la conectividad entre las otras cientos de islas adyacentes que seguirán desconectadas del continente. ¿A quién les sirven más estas obras; a los habitantes o las empresas? A pesar de estar descartada, el Estado ya se gastó 14 millones de dólares en su estudio y ahora tendrá que pagar otros 10 millones al conglomerado transnacional formado por la francesa Vinci, la alemana Hochlief, American Bridge de EE.UU. y las chilenas Tecsa y Besalco como indemnización por la no aprobación del proyecto. Ellas sí que nunca pierden.

Tuesday, August 01, 2006

EL FRÍO
Por: Carlos Pérez Alvarado

Cada año en estas fechas ayseninas y ayseninos tenemos que soportar temperaturas que en otras partes de Chile ni siquiera se imaginan, o bien les resultan incomprensibles porque jamás las van a vivir personalmente. Cómo no va a resultar chistoso ver en la TV las fatalidades que se reportan cuando el termómetro ronda apenas los cero grados en la capital del país. Las notas sobre los indigentes que duermen a la intemperie en las gélidas calles de Santiago (las únicas que parecen existir para la prensa centralista), se muestran dramáticas. Y lo son, sin embargo el más fiero rigor del invierno lo vivimos acá, en esta región. Ni siquiera en Magallanes, donde el problema lo resolvió el gas que ellos mismos extraen del estrecho, y uno puede estar cómodo en su casa, con estufas en todas las piezas, a una temperatura constante que se repite en cada hogar u oficina de Punta Arenas o Natales, por un costo que no supera los 40 mil pesos mensuales en pleno invierno.

En cambio en Aysén muchas actividades se paralizan, hay gente que no puede ir a trabajar porque escasea la locomoción, porque hay que luchar para que no se congelen las cañerías, o si no ubicar a un gásfiter que nos dé una horita entremedio de tanta pega que tiene. Hay que abrigar muy bien a los niños, que a pesar de todo no pueden faltar a clases, salir a esperar una micro y llegar a una sala apenas tibia. Caminar con cuidado por las calles para no resbalar e ir a parar al hospital con una pierna rota. Manejar con mucha precaución el vehículo que puede patinar en la escarcha y volcarse o chocar. Los hospitales se llenan, los bomberos reparten agua líquida y las señoras llegan a la casa con los baldes con una capa de escarcha que se formó en corto trayecto. En los campos se mueren los animales y ronda el aislamiento. He visto llorar a personas por un frío invernal que no conocían en el norte, desde donde llegaron. También he visto gente que, sin recursos para calefaccionarse, se pasa el día entero en la cama.

Los antiguos cuentan que para el terremoto de Valdivia y Concepción, en mayo de 1960, la opinión pública volcó toda su atención hacia el centro sur de Chile, víctima de uno de los mayores cataclismos que se produjeron en Chile (y el mundo) el siglo pasado. Mientras eso ocurría, en el olvidado Aysén se registraban las temperaturas más bajas de las que tengan memoria quienes las vivieron, donde el frío extremo, con más de 30 grados bajo cero, se hizo sentir no sólo por unos días sino que durante varias semanas trayendo enormes perjuicios a la ganadería y otras actividades económicas, además del infierno glacial que debieron soportar sus habitantes. A pesar del desastre local, el que después se conoció como “terremoto blanco”, la comunidad igualmente participó entusiasta de las campañas para enviar ayuda material al norte, aún más afectado por la naturaleza. Y así como un nuevo sismo de fuerte intensidad es esperado desde Arica a Chiloé, no sería raro que en los próximos años volvamos a sufrir algo parecido a lo del ´60. Aunque se habla de inviernos crudos el 65, el 82 y otros (los historiadores deben saberlo), personalmente no olvido el frío de 1995 y 2002.

A pesar de los años y a pesar de estas conocidas historias, lo que todavía me cuesta entender es porqué El Frío sigue estando fuera de la agenda de quienes toman las dediciones en nuestra región. El frío tiene un costo no sólo para el presupuesto familiar (y transversal, de ricos a pobres), además significa pérdidas económicas para la región y el país. El frío descompone el humor y probablemente influye en la delincuencia y los suicidios. Resolver el problema del frío es –para mí- anterior a resolver el tema de la conectividad terrestre con Puerto Montt, por la que tanto discuten algunos. No es posible que ni siquiera se plantee, como una estrategia de desarrollo regional, una solución a este problema. No creo que el frío congele también las neuronas, por tanto tiempo.

EL FRÍO
Por: Carlos Pérez Alvarado

Cada año en estas fechas ayseninas y ayseninos tenemos que soportar temperaturas que en otras partes de Chile ni siquiera se imaginan, o bien les resultan incomprensibles porque jamás las van a vivir personalmente. Cómo no va a resultar chistoso ver en la TV las fatalidades que se reportan cuando el termómetro ronda apenas los cero grados en la capital del país. Las notas sobre los indigentes que duermen a la intemperie en las gélidas calles de Santiago (las únicas que parecen existir para la prensa centralista), se muestran dramáticas. Y lo son, sin embargo el más fiero rigor del invierno lo vivimos acá, en esta región. Ni siquiera en Magallanes, donde el problema lo resolvió el gas que ellos mismos extraen del estrecho, y uno puede estar cómodo en su casa, con estufas en todas las piezas, a una temperatura constante que se repite en cada hogar u oficina de Punta Arenas o Natales, por un costo que no supera los 40 mil pesos mensuales en pleno invierno.

En cambio en Aysén muchas actividades se paralizan, hay gente que no puede ir a trabajar porque escasea la locomoción, porque hay que luchar para que no se congelen las cañerías, o si no ubicar a un gásfiter que nos dé una horita entremedio de tanta pega que tiene. Hay que abrigar muy bien a los niños, que a pesar de todo no pueden faltar a clases, salir a esperar una micro y llegar a una sala apenas tibia. Caminar con cuidado por las calles para no resbalar e ir a parar al hospital con una pierna rota. Manejar con mucha precaución el vehículo que puede patinar en la escarcha y volcarse o chocar. Los hospitales se llenan, los bomberos reparten agua líquida y las señoras llegan a la casa con los baldes con una capa de escarcha que se formó en corto trayecto. En los campos se mueren los animales y ronda el aislamiento. He visto llorar a personas por un frío invernal que no conocían en el norte, desde donde llegaron. También he visto gente que, sin recursos para calefaccionarse, se pasa el día entero en la cama.

Los antiguos cuentan que para el terremoto de Valdivia y Concepción, en mayo de 1960, la opinión pública volcó toda su atención hacia el centro sur de Chile, víctima de uno de los mayores cataclismos que se produjeron en Chile (y el mundo) el siglo pasado. Mientras eso ocurría, en el olvidado Aysén se registraban las temperaturas más bajas de las que tengan memoria quienes las vivieron, donde el frío extremo, con más de 30 grados bajo cero, se hizo sentir no sólo por unos días sino que durante varias semanas trayendo enormes perjuicios a la ganadería y otras actividades económicas, además del infierno glacial que debieron soportar sus habitantes. A pesar del desastre local, el que después se conoció como “terremoto blanco”, la comunidad igualmente participó entusiasta de las campañas para enviar ayuda material al norte, aún más afectado por la naturaleza. Y así como un nuevo sismo de fuerte intensidad es esperado desde Arica a Chiloé, no sería raro que en los próximos años volvamos a sufrir algo parecido a lo del ´60. Aunque se habla de inviernos crudos el 65, el 82 y otros (los historiadores deben saberlo), personalmente no olvido el frío de 1995 y 2002.

A pesar de los años y a pesar de estas conocidas historias, lo que todavía me cuesta entender es porqué El Frío sigue estando fuera de la agenda de quienes toman las dediciones en nuestra región. El frío tiene un costo no sólo para el presupuesto familiar (y transversal, de ricos a pobres), además significa pérdidas económicas para la región y el país. El frío descompone el humor y probablemente influye en la delincuencia y los suicidios. Resolver el problema del frío es –para mí- anterior a resolver el tema de la conectividad terrestre con Puerto Montt, por la que tanto discuten algunos. No es posible que ni siquiera se plantee, como una estrategia de desarrollo regional, una solución a este problema. No creo que el frío congele también las neuronas, por tanto tiempo.

EL FRÍO
Por: Carlos Pérez Alvarado

Cada año en estas fechas ayseninas y ayseninos tenemos que soportar temperaturas que en otras partes de Chile ni siquiera se imaginan, o bien les resultan incomprensibles porque jamás las van a vivir personalmente. Cómo no va a resultar chistoso ver en la TV las fatalidades que se reportan cuando el termómetro ronda apenas los cero grados en la capital del país. Las notas sobre los indigentes que duermen a la intemperie en las gélidas calles de Santiago (las únicas que parecen existir para la prensa centralista), se muestran dramáticas. Y lo son, sin embargo el más fiero rigor del invierno lo vivimos acá, en esta región. Ni siquiera en Magallanes, donde el problema lo resolvió el gas que ellos mismos extraen del estrecho, y uno puede estar cómodo en su casa, con estufas en todas las piezas, a una temperatura constante que se repite en cada hogar u oficina de Punta Arenas o Natales, por un costo que no supera los 40 mil pesos mensuales en pleno invierno.

En cambio en Aysén muchas actividades se paralizan, hay gente que no puede ir a trabajar porque escasea la locomoción, porque hay que luchar para que no se congelen las cañerías, o si no ubicar a un gásfiter que nos dé una horita entremedio de tanta pega que tiene. Hay que abrigar muy bien a los niños, que a pesar de todo no pueden faltar a clases, salir a esperar una micro y llegar a una sala apenas tibia. Caminar con cuidado por las calles para no resbalar e ir a parar al hospital con una pierna rota. Manejar con mucha precaución el vehículo que puede patinar en la escarcha y volcarse o chocar. Los hospitales se llenan, los bomberos reparten agua líquida y las señoras llegan a la casa con los baldes con una capa de escarcha que se formó en corto trayecto. En los campos se mueren los animales y ronda el aislamiento. He visto llorar a personas por un frío invernal que no conocían en el norte, desde donde llegaron. También he visto gente que, sin recursos para calefaccionarse, se pasa el día entero en la cama.

Los antiguos cuentan que para el terremoto de Valdivia y Concepción, en mayo de 1960, la opinión pública volcó toda su atención hacia el centro sur de Chile, víctima de uno de los mayores cataclismos que se produjeron en Chile (y el mundo) el siglo pasado. Mientras eso ocurría, en el olvidado Aysén se registraban las temperaturas más bajas de las que tengan memoria quienes las vivieron, donde el frío extremo, con más de 30 grados bajo cero, se hizo sentir no sólo por unos días sino que durante varias semanas trayendo enormes perjuicios a la ganadería y otras actividades económicas, además del infierno glacial que debieron soportar sus habitantes. A pesar del desastre local, el que después se conoció como “terremoto blanco”, la comunidad igualmente participó entusiasta de las campañas para enviar ayuda material al norte, aún más afectado por la naturaleza. Y así como un nuevo sismo de fuerte intensidad es esperado desde Arica a Chiloé, no sería raro que en los próximos años volvamos a sufrir algo parecido a lo del ´60. Aunque se habla de inviernos crudos el 65, el 82 y otros (los historiadores deben saberlo), personalmente no olvido el frío de 1995 y 2002.

A pesar de los años y a pesar de estas conocidas historias, lo que todavía me cuesta entender es porqué El Frío sigue estando fuera de la agenda de quienes toman las dediciones en nuestra región. El frío tiene un costo no sólo para el presupuesto familiar (y transversal, de ricos a pobres), además significa pérdidas económicas para la región y el país. El frío descompone el humor y probablemente influye en la delincuencia y los suicidios. Resolver el problema del frío es –para mí- anterior a resolver el tema de la conectividad terrestre con Puerto Montt, por la que tanto discuten algunos. No es posible que ni siquiera se plantee, como una estrategia de desarrollo regional, una solución a este problema. No creo que el frío congele también las neuronas, por tanto tiempo.